LA CALIGRAFÍA CAUSA RISA

Por Francisnet Díaz Rondón

EL gran maestro del cine y la comedia Woody Allen hizo reír a muchos con una ocurrente escena en uno de sus filmes, donde un personaje —interpretado por el propio autor— planea asaltar un banco.

El hombre hace la cola para una de las ventanillas. Al llegar su turno extiende a la dependienta una nota de su puño y letra que rezaba algo así como: «Esto es un asalto. Entrégueme el dinero. Tengo un arma». Pero, el mensaje estaba tan enrevesadamente escrito que la dependienta, por ejemplo, en vez de «asalto», entendía «asfalto».

Lo genial del chiste radica en que el propio asaltante comienza a rectificar a la mujer, y esta le replicaba que esa no era la palabra, pues por el trazo de una letra decía otra cosa. A final, otros clientes y empleados del banco también se suman a la polémica a raíz del dichoso escrito.

Más allá del humor, el aprendizaje de la escritura (y la lectura) forman parte de los cimientos de la preparación educacional de los individuos. En cada grado o año, la enseñanza y profundización de la gramática es una constante. Pero, hay un elemento al cual se le ha prestado muy poca atención: la caligrafía.

Según la definición contemporánea de este vocablo griego, es «el arte de escribir bello». Comprende desde creaciones utilitarias hasta obras artísticas en las cuales la expresión abstracta puede (o no) adquirir más importancia que la legibilidad de las letras.

Mas, solo en el preescolar y primeros años de la enseñanza primaria se le dedica tiempo al correcto trazo de las palabras. Mediante un programa diseñado para ello, los niños hacen ejercicios para habilitar la mano a la hora de deslizarse con el lápiz encima del papel.

Los rasgos enmarcados dentro de renglones, el dibujo de figuras geométricas, o de asociación de figuras con letras y números ayudan al aprendiz a introducirse al complejo mundo de la escritura.

Evidentemente, aunque los cuadernos y las lecciones son las mismas para todos, los alumnos cultivan diferentes estilos. Incluso, científicamente se ha planteado que el perfil de las palabras define la personalidad de quien redacta.

Pero, más allá de la ciencia o lo académico, resulta conveniente tener no solo una gramática exquisita, dominar las reglas de acentuación, tiempos verbales, o conocer los elementos de la oración para ejecutar bien el lenguaje escrito, sino también una adecuada caligrafía o, al menos, se entienda lo que se escribe a mano.

Existen testimonios de exámenes en escuelas que han sido rechazadas por los profesores o tribunal de evaluación por su ilegibilidad, o han tenido que revisarse con el autor al lado para que sirva de «traductor» de su misma «obra».

Fuera de lo docente también sobran ejemplos. Una compañera de trabajo acudió a la farmacia con una recomendación del doctor que la atendía. Al entregar la receta, la vendedora le pidió de favor que regresara a la consulta del galeno para que reescribiera la nota lo más claro posible porque no se entendía absolutamente nada.

Aunque los médicos son famosos por su peculiar manera de trazar las palabras, el problema caligráfico no es único de ellos. Muchas personas «padecen ese mal», y se agudizará con la incidencia de las nuevas tecnologías en la vida cotidiana.

Con la irrupción de los teclados de las computadoras, impresoras y mensajes de textos mediante los celulares, la gente olvida cada vez más esbozar las letras. No obstante, mientras aún se escriba de la manera tradicional, sería sensato velar por hacer más legible los mensajes para así lograr una mejor comunicación.

Por último, otra anécdota al respecto protagonizada por el inolvidable actor cubano Enrique Arredondo, contada en su libro autobiográfico La vida de un comediante.

Arredondo entregó a uno de sus ayudantes una lista con una serie de artículos de utilería para una obra. La función estaba por comenzar y el hombre no llegaba. Cuando el gran cómico cubano creyó todo perdido, el ayudante apareció visiblemente cansado. Arredondo, disgustado, le preguntó dónde andaba.

El utilero se disculpó y explicó que consiguió todo menos al burro. El intérprete del popular personaje Bernabé le espetó que cuál burro era ese, y el hombre señaló en la lista el «nombre» del cuadrúpedo. Arredondo soltó una carcajada y le explicó: «Pero, hijo, qué burro ni que burro. ¡Buró!, ¡ahí dice buró! ¿Tú no le viste el rabito a la “o”? A lo que el contrariado ayudante contestó: «Sí yo se lo vi. Por eso pensé que ese era el rabito del burro».

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